miércoles, 4 de noviembre de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
"Las dos caras de la moneda"
Hace muchos años, muchos, alguien utilizó la frase anterior para explicar lo que estaba viviendo en ese momento.
Todo tiene dos caras, una positiva y agradable y otra no tanto. Pero la moneda es la misma.
Pensemos en la frase siguiente: "Todo lo que pidas te será concedido".
En ciertas ocasiones es importante que nos acordemos de esta frase para sabernos poseedores de un gran poder. No pasa un día sin que encuentre pruebas contundentes de que esto es cierto. Todo lo que pedimos nos es concedido. Quizás no de manera inmediata pero de una forma u otra, lo que pedimos termina irremediablemente llegando a nuestras vidas.
Con evidencia indiscutible, para mi, por supuesto, tenemos que poner nuestra atención en el qué y olvidarnos del "cómo". Efectivamente, los "cómos" son el dominio del Universo y no nuestro. Si no, no ocurrirían los milagros y sí ocurren.
Piensa en lo que quieres y cómo llegará a tu vida es irrelevante porque no es tu dominio. Nuestra lógica dominante y nuestro pensamiento actual han creado un mundo en el que los milagros no pasan y el peor error que cualquiera puede cometer es ponerse una meta, un deseo, una intención y empezar a pensar en el cómo puede llegar a nuestra vida.
De manera inevitable, lo que deseamos no encaja lógicamente de ninguna manera en nuestra vida y termina irremediablemente muriendo en el baúl de los sueños.
Hasta que descubras que vives en un mundo de infinitas posibilidades, te sugiero te enfoques únicamente en lo que quieres y te olvides radicalmente del cómo va a llegar a tu vida.
¿Nunca has oído hablar a algún amigo de cómo le llegó a su vida una oportunidad increíble? Y, ¿no te has preguntado en ese instante por qué a los demás les pasan cosas tan afortunadas y a ti no?
Esas personas están enfocadas en lo que desean y no se preocupan en cómo les va a llegar. Tal vez no sean tan inteligentes como tú y la lógica no les funciona tan bien como a ti. Y ese es el secreto. Se ponen metas absurdas, ilógicas, fantasiosas, fuera de toda proporción. Ni siquiera hacen el esfuerzo que tú consideras que deberían haber hecho para merecer o ganar esa fortuna.
Podría mencionarte ejemplo tras ejemplo de casos específicos de esto que te comento, pero no tiene caso porque seguramente tú tienes los tuyos.
Y funciona 10 de cada 10 veces. Todo lo que pides te será concedido.
Y aquí entran las dos caras de la moneda. Si pudieras escucharme notarías que esta frase última la puedo expresar de varias maneras sin cambiar una sola palabra.
A veces, cuando alguien me pregunta acerca de cómo funciona el mundo porque en ese momento se encuentra algo frustrado o deprimido o desmotivado porque no le salen las cosas, les puedo decir con convencimiento, pasión, fe y esperanza en mi voz: "No te preocupes, todo lo que pidas te será concedido. Así funciona el Universo".
En ese instante con frecuencia puedo notar caras de alivio y esperanza ante mis palabras de ánimo y es así porque creo en lo que digo con cada célula de mi cuerpo y esto se transmite sin duda en el tono de voz.
En otras ocasiones, ante las palabras, actos y pensamientos que observo en otras personas, me dan ganas de decirles "Cuidado, todo lo que pides te será concedido. Así funciona el Universo".
Y es en estas ocasiones cuando más caras de incredulidad recibo, porque no nos damos cuenta de que estamos elaborando nuestra mala fortuna.
¿Existe la suerte? Yo creo que sí y no tengo duda. La suerte es aquella buena experiencia o situación que se da en nuestras vidas cuando nos enfocamos únicamente en lo que deseamos, nos mantenemos enfocados con cierta persistencia en ello y nos olvidamos totalmente en cómo se va a dar. Nos olvidamos de que somos muy inteligentes, pues, y dejamos que el Universo haga su trabajo.
Piensa en ello.
Francisco Cáceres Senn
martes, 11 de agosto de 2009
El poder del ahora
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sábado, 25 de julio de 2009
"El poder de las predicciones"
Existe un concepto extraordinario en su manifestación.
Un concepto que, de ser comprendido, dotaríamos nuestra existencia de mucha más tranquilidad y mucho menos estrés.
Ese concepto es único, incomprendido, natural y necesario.
Y digo que es necesario porque realmente lo necesitamos para vivir con un buen nivel de satisfacción.
Y antes de compartir este concepto o idea, o también podría llamárselo habilidad, sólo necesito que esté un poco al corriente de las últimas noticias.
El Banco de México, la Secretaría de Hacienda y creo que además el Banco Mundial, acaban de notificarnos que el índice de decrecimiento económico que tendremos para el segundo semestre del año es de, si mal no recuerdo, aproximadamente 7%. Es decir, nuestra economía, la de México, se encogerá en un 7%, decimales más, decimales menos.
Creo también recordar cifras superiores a esta del 7%. Una de ellas, incluso, llegaba a determinar que nuestro decrecimiento sería del orden del 10%.
Se trata de una medición llamada Producto Interno Bruto, pero yo creo que los brutos son los encargados de medirla y anunciarla. Sobre todo cuando están hablando de futuro y no pasado.
Y este es el concepto al que me refería al inicio de este artículo. Su nombre es el de "Profecías autocumplidas". No deja de maravillarme cómo los seres humanos son capaces de predecir el futuro, cuando predecir el futuro es una ciencia ampliamente rechazada por los científicos tradicionales. Simplemente trate usted de registrar a cualquier pitonisa en una convención de científicos nucleares y la expondrá un rechazo mayor todavía al de una persona que estornuda hoy en día en un vagón del metro de la Ciudad de México en hora punta.
Sin embargo, los economistas oficiales sí pueden leer las manos y al mismo tiempo declararse perfectamente inútiles para evitar su predicción. Es decir, "El PIB se contraerá un 7%" y no hay nada que lo pueda evitar (esto último lo añado yo).
Francamente no me preocupan las predicciones oficiales porque siempre hay que distinguir "la economía" de "mi economía". Mientras que la primera puede estar débil, la segunda no tiene porque ser afectada. Ejemplos hay muchos, créame.
Lo que más me preocupa son dos cosas, a saber:
1. La gran capacidad de los organismos oficiales de reportar datos y su enorme incapacidad para alterarlos o modificar la realidad.
2. Que muchas personas se crean sus predicciones, se asusten, actúen en consecuencia y provoquen aquello que tanto temen, creando el efecto de "Profecía Autocumplida".
Recuerde siempre que usted crea su presenta y su futuro ( y existen personas muy aventuradas que dicen inclusive que usted crea también su pasado). No existe ningún destino tan escrito que no se pueda cambiar y todo es posible si usted cree que puede modificarlo, aunque no sepa cómo.
Por ejemplo, yo no sé cómo generar crecimiento económico, pero estoy totalmente seguro que a pesar de cualquier circunstancia, en cualquier momento se puede generar crecimiento del famoso PIB. Es una cuestión de creatividad e ingenio y no de posibilidad. Porque el pensar "no existe manera de revertir la tendencia" es en sí mismo una "Profecía Autocumplida".
Y lo mismo aplica directamente a los seres humanos.
Verá, nuestro destino es como una de esas pizarras de juguete que están llenas de arena, en las que uno puede escribir con un lápiz y queda marcado en la pizarra. En uno de los laterales tiene una especie de barra interna deslizable que al deslizarla borra todo lo que quedó marcado en la pizarra, quedando esta lista para volver a ser escrita.
Ahora imagínese que alguien escribió "7% de decrecimiento". Usted simplemente todo lo que tiene que hacer es mover la barra lateral y después de borrar el "de" de decrecimiento, le añade un 2 ó un 3 antes del 7% y de esta forma pueda leer lo siguiente:
"37% de crecimiento económico en el segundo semestre del 2009"
Y si una voz interna le dice "Eso es imposible", por favor, en una muestra de justicia y congruencia, use la misma expresión para las predicciones de decrecimiento y mande a volar a cualquier persona o institución que le diga lo que va a pasar con su vida.
Piense en ello.
Francisco Cáceres Senn
martes, 9 de junio de 2009
La diferencia entre saber algo y llevarlo en el corazón.
Ya los antiguos hacían una diferencia entre saber algo y “conocerlo”. De hecho, la palabra conocer tiene un significado muy particular en la Biblia y no es precisamente el de aumentar el acervo de conocimientos.
Y aunque yo sea el que está escribiendo estas palabras en este momento, seguramente voy a describir una experiencia compartida sino con muchos, sí con más de uno: la de “conocer” algo a nivel profundo, más allá de las palabras.
Las palabras son un muy mal mecanismo de comunicación profundo y preciso. Con frecuencia requieren de muchos parches y aclaraciones para entender lo que finalmente querían expresar. Pero el que no tenga uno palabras para expresar algo no significa que no lo conozca profundamente.
De hecho, las cosas más profundas de la vida son ciertamente inexpresables.
El punto es que con cierta frecuencia me sucede, y esta es la experiencia compartida, que me embarga un sentimiento acerca de la certidumbre o la comprensión de cierta idea que ya llevaba en mi mente por cierto tiempo.
Y es que acabo de tener este tipo de “aha” con una idea, pero antes de decirle cuál, déjeme contarle una historia.
En la última ocasión en que mi familia y yo fuimos a esquiar, mi esposa me animó con cierta vehemencia a intentar algo nuevo: subir hasta la cumbre de la montaña, en dónde ya no existen pistas marcadas ni personal de ayuda. En estos parajes estás bajo tu propio riesgo y nadie se hace responsable más que tú de lo que te pueda ocurrir. Por supuesto, los que operan la montaña te avisan que este terreno sólo es apto para expertos.
Yo no soy un experto. No me avergüenzo de aceptar que me la pasé posponiendo la dichosa subida a la cumbre lo más que pude. Hasta que fue inevitable la subida en cuestión.
Esa mañana nos dirigimos muy entusiastas hacia nuestra aventura (y no era precisamente entusiasmo lo que yo sentía). Íbamos mi esposa, mi hijo Alex y yo. Un camión de esos que andan en la nieve nos iba a llevar hasta la ansiada cumbre. Yo ya había preguntado al conductor que si me podía regresar con él, en caso de dar marcha atrás a mi temeraria aventura, a lo que contestó que por supuesto que sí. Esto hizo nacer el entusiasmo en mi.
Más tranquilo, nos subimos realmente encantados al camioncito. Ahora sí era una aventura, de esas que no tienen riesgo. Finalmente, si no me gustaba, me regresaba y ya. Iba a tener que soportar las burlas de mi esposa y de Alex, pero eso no amenazaba mi vida.
En verdad la subida en el camión fue algo extraordinario, excitante a más no poder. Los paisajes que se iban revelando ante nuestros ojos eran de una belleza imposible de transmitir a otros que no la estuvieran viendo. Yo quería contar la magnificencia de la naturaleza que estábamos disfrutando, pero sabía que nadie que no hubiera estado conmigo, podría ser capaz de entender de lo que hablaba.
Saqué la cámara del bolsillo y al hacer la primera toma me di cuenta de que ese método también resultaba insuficiente para compartir mi asombro.
Continuamos subiendo hasta la cumbre, nerviosos y expectantes ante la idea soberbia de estar a solas con la montaña. Recuerdo haber pensado en una frase que escuché en una película: “Sólo sabes de que eres capaz y quien eres cuando te enfrentas a Dios en el desierto, en la montaña o atravesando los océanos”. Al fin que yo ya sabía como regresar, de la misma forma que estaba subiendo, en tractor. Y conforme más subía, mas determinado estaba de continuar sentado.
Había ido mejorando como esquiador progresivamente, desde la primera vez que lo hice, pero a estas alturas me sentía muy cómodo esquiando en las pistas de dificultad intermedia. Realmente cómodo y no deseaba abandonar esa comodidad. Sin duda, bajar desde la cumbre por terrenos o pistas desconocidas o salvajemente naturales era equivalente a cambiar un cómodo colchón nuevo por una cama de clavos.
Pero, maldito sea el principio de prueba social. Verá, créame que no peco de valiente ni temerario. El caso es que no estábamos solos en el camión. Y, ¿qué?, preguntará usted y con toda la razón. Pues nada, que al bajarse todos yo no pude hacer más que seguirles en su comportamiento e imitar lo mejor que podía lo que estaban haciendo (el mono hace lo que el mono ve). Ellos se bajaron así que yo también lo hice sin pensar. Cuando me di cuenta ya estaba en el frio suelo de la cumbre de la montaña, ciertamente extasiado de lo impresionante del paisaje.
Como es obvio suponer, en lo más alto de la montaña, hace más frío que en la base y creo que fue esos lo que me congeló la lengua, pues me quedé mudo viendo como el tractor se alejaba de nosotros, iniciando el descenso sin mí, dejándome a los designios de la diosa fortuna. Tenía que calmar el latido de mi corazón antes de que este causara una avalancha, pues estaba seguro que era tan fuerte que todos los demás lo podían escuchar.
El punto es que ahora ya no tenía otra forma de bajar más que esquiando (o en camilla). Me encomendé a Dios y decidí que ante lo inevitable, lo mejor era relajarme y gozarlo. ¿El fin de la historia? Grité, maldije, me quejé de mi suerte y me cai varias veces, todas en blandito. Pero lo hice y llegué sano y salvo a la base. El mismo que había subido hora y media antes estaba de regreso y cantando en la base.
Un momento, ¿dije el mismo? Ni por causalidad era ya el mismo, porque me había atrevido a salir de mi zona de confort. Ese mismo día volví a subir a la punta de la montaña y en ocasiones posteriores he subido cada vez que he tenido oportunidad. En una de ellas me perdí por más de una hora en el bosque por tomar el camino equivocado, pero esa es otra lección
¿Cuál puede ser la moraleja de mi historia? Verá, yo creo que esta moraleja no representa nada nuevo o que no haya escuchado antes, pero recordándola es que me llegó mi momento de comprensión profunda.
Entendí sin un asomo de duda que necesito arriesgar para seguir creciendo, que necesito salir de mi zona de confort para evolucionar al siguiente nivel de mi existencia. No importa qué tan sensacional resulta lo que está viviendo en este momento, lo mejor está todavía por descubrirse, si es que se atreve a arriesgar.
Los paisajes más bellos y la esquiada más extraordinaria la experimenté en esa subida, lo que me hace pensar que el riesgo sólo puede llevarte a un lugar mejor, mucho mejor.
Si ya está en crisis, de ninguna manera es momento de portarse conservadoramente. Es el momento preciso de arriesgar.
Busque sentirse incómodo en lo que sea, porque esa incomodidad solo puede llevarle a la aventura más grande de su vida: usted.
Siéntase cómodo sintiéndose incómodo.
“Quien no arriesga, no gana”, dicho anónimo popular.
Piense en ello,
Francisco Cáceres Senn